viernes, 11 de febrero de 2011

Anatomía de un choque.

Tomé la curva, giré el volante un poco de más. Sentí como la línea de boyas pasaba por debajo de las llantas haciéndome perder el control. Me lanzó del otro lado de la avenida. De pronto lo que había dejado atrás lo tenía de frente. El camellón que tenía a la izquierda ahora estaba a la derecha y el muro, ese muro de piedras de mi izquierda ahora lo tenía estrellándose contra el costado derecho del auto. Finalmente, el asfalto quedó en mi cabeza y el cielo negro de la noche quedó bajo mis pies. Y yo, yo solo me repetía cómo era posible que esto me estuviera pasando a mí. Ese tipo de accidentes no me pasan a mí, le pasan a los demás, pero no a mí. Como pude salí arrastrándome del coche. Lo que vi a continuación fue un puñetazo de la vida directamente a mi cara. El auto estaba destruido y yo estaba parado a un lado. Me revisé, de pies a cabeza, nada dolía más que el ego, ahora sabía que esas cosas también me pasan a mí, que yo también me equivoco, a veces demasiado. Sabía que nada me dolería en ese momento, pero la mañana siguiente los dolores aparecerían. Había escrito sobre eso que justo había titulado “el efecto accidente”. Una mujer se acercó y me pidió que me sentara. Pidió un reloj al resto de las personas que se habían detenido a ver lo ocurrido. Era para revisar mi pulso. Le di el mío. Amigo, tu reloj está parado. Estoy bien, de verdad. Caminé en círculos alrededor del auto. No podía creer que hubiera salido ileso de ahí. No podía creer muchas cosas. A la mañana siguiente no podía creer que fuera solamente una costilla rota y una severa lesión en el ego.

lunes, 3 de enero de 2011

El último cuento de 2010.

Son las cinco y treinta de la tarde. Recién me desperté de una larga siesta, me espabilé y me propuse limpiar la terraza del departamento. Ofreceríamos una fiesta de fin de año y era necesario tener la terraza disponible para los fumadores. Ella no permite que se fume en el interior. Mientras acomodo las sillas me sigue rondando la idea de escribir el último cuento de este año. He tenido tantas ideas este año que no he podido poner en un texto ya por desidia o por flojera o porque simplemente termino olvidándolas. Eso es, olvido muchas buenas ideas. Debería andar siempre con el cuadernillo a cuestas para no olvidarlas. Los ladridos de Maya me sacan del estupor. Ladra pocas veces pero cuando lo hace es con mucho carácter, por lo menos eso me parece. La terraza ha quedado acondicionada para recibir a los fumadores. Al entrar, ella me muestra una pila de fotografías enmarcadas de nosotros, de los viajes, de los paisajes, de las perras, de alguna fiesta. Pienso que el último cuento podría ser sobre una de esas fotografías. Cuélgalas por favor, recién me las entregaron y quisiera que la casa se viera un poco más como hogar. Paso las siguientes dos horas colgando las veintisiete fotografías. De nosotros, de los viajes, de las perras, de alguna fiesta, no hay cuentos ahí. En un par de horas los invitados llegarán y yo sigo sin empezar mi último cuento de este año que ya se despide. Consigo que ella se encierre en la cocina a preparar la cena mientras yo prendo la computadora para escribir un poco. Tan pronto como coloco las manos sobre el teclado caigo en cuenta que no tengo sobre que escribir el último cuento. Ya seguramente que ahora saldrá, mientras me paseo por los diarios. Me quejo de El Norte, debería ser un diario gratuito en línea, como casi todos los demás. Pero no lo es y debo conformarme con El Universal, Milenio, La Jornada y las noticias de Google. Nada me da para un texto hoy. Recuerdo entonces aquella nota que recorté de un periódico. Aquella del chico que mientras jugaban disparó y asesinó a su primo. Habían ido al cine a ver a ver una película de acción. Al volver, el chico ahora occiso según el diario, presumió que su padre tenía una pistola como la del héroe de la película. Eso último no lo sé pero por eso es un cuento. Antes de que termine de decidirme por escribir este, ella asoma la cabeza desde la cocina. Necesito que me ayudes con algunas cosas de la cena porque si no, no alcanzará a estar lista a tiempo. Dejo el teclado de la computadora y me acerco a la cocina. Ahora el cuento tendrá que esperar mientras preparo la sangría, sirvo las botanas y recibo un regaño en represalia por haberme puesto a escribir cuando hay tantas cosas por hacer antes de que lleguen los invitados. Por fin termino mi encomienda. Métete a bañar, ya es tarde Ana llegará pronto. Ana llegó dos horas después. Juan también ya viene para acá, hay que apurarse. Juan también llegó después de la hora que dijo llegaría. Cuando por fin estuvimos listos, ya no había mucho que pudiera hacer yo de lo que aun estaba pendiente por terminar. Regresé a la computadora y justo al sentarme recibí un mensaje de texto a mi celular, era Juan. Ya voy para allá. Le respondí pidiéndole que me comprara una cajetilla de cigarros, Camel. Llevaba una semana sin fumar ya por una maldita gripa. Desde Febrero no me había enfermado. Me propuse estar listo para el día de año nuevo y ahí estaba yo, pidiendo la cajetilla de Camel, listo para fumar de nuevo. Pensé si debería hacer el mismo estúpido propósito de cada año de dejar de fumar que no me dura más que un par de días. En Enero corregí la redacción como “Fumaré un poco menos”, nadie puede asegurar que fumé más que el año pasado así que doy por cumplido ese propósito. Pensé un momento en aquella lista de propósitos para este año y si serviría para hacer un cuento. Localicé la libreta donde estaba apuntada. No planté un árbol, no deje de beber, no me deje de preguntar cosas que no tienen respuesta, no hice esto, no hice aquello, no... Un excelente año este que menguaba. Ella gritó que había llegado Juan mientras yo tomaba el interfón para hacerlo pasar. Entré al estudio y apagué la computadora dejando una página en blanco.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Huevo para el perro.

Le dije que no le diera más huevo al perro, sin embargo ella insistía en darle, desde hacía dos días, en cada oportunidad de comida, huevo. Esa mañana, como casi todas las mañanas, desperté con resaca, los lengüetazos del perro en mi cara, sabían y olían a huevo. Mis facultades no fueron suficientes para impedir que el perro se diera gusto con el sabor de mi barba. Cuando no hubo más opción que levantarme, me le acerqué mientras decoraba su rostro frente al espejo y, girandola de manera brusca y torpe hacia mi, la besé. "Sabes a huevo" fue su respuesta a mi arrebato de romanticismo. "Es tu culpa, deja de darle huevo al perro".

Son de mal agüero...

"Son de mal agüero", gimió el despachador de la gasolinera mientras colocaba la manguera en la boca del tanque de mi auto para llenarlo de gasolina e intentaba defenderse del ataque de una de esas palomillas negras de alas grandes y que se les conoce por ser de mal agüero, asentí y encendí mi cigarrillo.

La importancia de los perdedores.

Sin gente como nosotros, los perdedores, no habría gente como ustedes, los exitosos, los que triunfan, los que disfrutan, los que festejan. Sin nosotros ustedes son como nosotros. Si nosotros no perdieramos esas pequeñas batallas diarias, esas en las que ustedes pasan primero en un semáforo, suben primero a un autobús, pagan primero en una tienda, consiguen el último galón de leche, se forman primero en la fila, obtienen una mejor nota, un mejor puesto, una mejor mujer, un mejor auto. Sin nosotros, a los que nos restriegan en la cara su auto, su mujer, sus notas, sus premios, su dignidad al pasar primero, su burla hacia los que vamos detrás, sin nosotros, ustedes están solos, pierden. Para nosotros no hay mayor premio de consolación que ver que ustedes festejan ampliamente al vencernos, eso nos indica que fuimos rivales dignos, por eso es que ahora nosotros los que los hacemos ganadores, les pedimos que festejen cada triunfo, ya sea un campeonato, un jugoso premio o el primer lugar en la fila, festéjenlo y festéjenlo en grande, solo así nos rendirán el respeto que como contrincantes de cualquier justa nos merecimos cuando fuimos derrotados, sin embargo, no olviden que somos los que, desde abajo o desde atrás, digna o indigamente, esperamos que tropiecen, caigan, choquen o se corrompan para obtener nuestra dulce venganza. Nosotros los perdedores.

No todos los domingos somos iguales.

No sé que haces tú en Domingo, yo hago nada. Es mi día disponible, puedo hacer cualquier cosa o puedo sentarme a ver pasar la vida, acostarme a dormir un rato en horas en las que la gente no acostumbra dormir, leer continuamente hasta devorar un libro. Sin embargo este Domingo decidí salir a realizar un par de diligencias y me topé con que la batería de la camioneta estaba muerta. "La tormenta de anoche ha generado mucho trabajo por lo que el tiempo de espera es de alrededor de 3 horas" fueron las palabras de la señorita de la asistencia vial al teléfono, no me quedó más que esperar. Cuando por fin arribó el tipo con la ayuda para recargar mi batería, me reveló que sería necesario cambiarla por una nueva ya que la mía estaba evidentemente dañada, "dele un par de vueltas a la camioneta para ver si carga su batería porque si la apaga ahorita me va a tener que volver a llamar en un rato porque no le va a volver a prender", seguí la sugerencia del tipo, malhumorado ya por la espera y la noticia de que tendría que cambiar el acumulador, salí del estacionamiento del edificio, no logré completar una sola vuelta, la batería falló de nuevo dejando varado el vehículo justo frente a la puerta del estacionamiento, por lo menos necesitaba moverlo de ahí para que no estorbara más, imposible, no volvió a prender. La llamé por el interfón, perdiendo todos los estribos por la serie de acontecimientos desastrozos que habían empujado mi Domingo a ser fatídico, para pedirle su ayuda, no, corrijo, exigirle su ayuda, no podía ser posible que yo la estuviera pasando tan mal mientras ella seguía reposando el desayuno. El par de minutos que le tomó ponerse algo de ropa encima y bajar corriendo con el perro en brazos, y más eso, verla llegar con el perro en brazos, para que me ayudara a empujar la camioneta fue lo que me desquició, comencé a gritar, patalear, como un berrinche del niño con juguete descompuesto. De mala gana conseguimos estacionar la camioneta, ella se bajó muy indignada con el perro en brazos y yo, yo me quedé ahí viéndola como entraba de nuevo a nuestro apartamento. Cerré la camioneta y busqué una justificación para mis malos tratos hacia ella, al final incluso evalué la posibilidad de responsabilizarla por la falla del automotor, evidente falacia, no me quedó más que aceptar mis errores y no volver a pecar de esa manera, ahora no solo tenía una camioneta averiada y una batería inservible, también tenía un pleito con ella. Crucé la calle y justo cuando alcanzaba la banqueta, una camioneta que pasaba se frenó a mis espaldas, era una pick-up de un par de décadas atrás o más tal vez, de ella bajó un tipo que era quién la conducía y por la otra puerta bajó una señora con una niña pequeña, el tipo me suplicó atención, sacando su cartera, acelerado, con la voz resquebrajada, me dijo que a suotra  hija la trasladaban de emergencia en una ambulancia y que no tenía dinero para nada, me pidió cincuenta pesos, rogando y prometiendo que los pagaría tan pronto pudiera pero que necesitaba ese dinero, yo, que no llevaba efectivo encima pero si una afección emocional severa por el tono en el que me pedía las cosas, le dije que iría al departamento a buscar algo de dinero para darle, que esperara. El tipo esperó, con su camioneta encendida a la mitad de la calle bloqueando el paso a cualquier vehículo que intentara circular por ahí. Subí y le pedí doscientos pesos a ella, ella vio la urgencia en mi cara y me los dio. Salí rapidamente y se los di al tipo, el los rechazó, me dijo que era demasiado, que no podría pagármelo, yo insistí y él con lágrimas en los ojos me agradeció y salió corriendo a buscar a la pequeña que tripulaba alguna ambulancia de la ciudad. Prometió volver y saldar su deuda. Yo, parado ahí, viéndolo partir, pensé en todas las pequeñas estupideces que a lo largo de mi Domingo me habían estado fastidiando el día y cómo después yo mismo me provoqué un problema con ella. Cuando menos lo esperaba, la vida vino y me abofeteó esperando enseñarme que no todos los domingos de cada uno de nosotros son iguales, hay Domingos miserables y Domingos de hacer nada. Sin duda, no todos los Domingos somos iguales.

domingo, 31 de octubre de 2010

La operación.

Desde que estoy aquí he aprendido a escuchar, me he educado para callar y mejor oír, para escuchar y dejar de escuchar, para no oír lo que no quiero y recordar lo que he escuchado y, espero, algún día me sirva. En estos, entre veinticinco y veintinueve días que llevo aquí encerrado, incluso he aprendido a escuchar el día y la noche. En los primeros días, la oscuridad me confundía, me quedaba dormido cuando estaba oscuro y, al despertar, la negrura aún reinaba. Por eso es que no se si son veinticinco o veintinueve, esos primeros días son los que siembran la duda. Al principio, escuchaba un grupo de voces, música, pisadas que se acercaban, pisadas que se alejaban, objetos que se golpeaban con otros objetos, que se colocaban en el suelo, que se caían. Hoy sé que son cuatro personas, tres hombres y una mujer, lo sé porque el piso sobre mi cabeza cruje distinto cuando cada uno de ellos pasa por aquí. A la mujer la identifiqué por los tacones que usó una vez, primero pensé que era otro tipo muy delgado pero no, es una chica que usa tacones, es muy callada, solo afirma o niega con sonidos, no siempre está aquí, de hecho casi nunca está, solamente ha venido un par de veces. Aquí abajo huele tanto a mierda, a mis desechos, que mi olfato está destrozado, a veces, no sé si en sueños o despierto, recuerdo su perfume y siento que lo percibo, lo identifico entre este olor nauseabundo. Ya sólo me queda el oído. Recuerdo que hace cuatro días la chica se quedo a solas con uno de los tipos, el intentó ser amable con ella, después de que él normalmente es un patán, eso me hizo pensar que ella debe tener mayor rango que él en la “operación”, como ellos llaman a tenerme aquí. Ahora, he conseguido aislar las conversaciones de la música que siempre toca su radio, creo que el día que lo logré fue la primera vez que sonreí desde que estoy aquí abajo, la radio a veces me revela la hora del día, pero no la fecha, así que prefiero ignorarla, los sonidos del día y la noche me ayudan más a distinguir en que momento vivo. Sobre los tres tipos, considero que son muy descuidados para el trabajo que realizan, hablan de más, ella en cambio es callada, ella sabe cuidarse, aunque debo concederles a los otros tres que fueron muy imaginativos con la buhardilla que se han construido aquí para tenerme, es completamente oscura, no hay un solo hueco que deje entrar un poco de luz, aunque de poco serviría con esta venda sobre los ojos, solamente pude estar sin ella unas horas y pude palpar las paredes, no encontré nada, cuando entraron a revisarme y vieron que me había quitado sus vendajes me propinaron una golpiza, les agradezco que hayan bajado con pasamontañas pues de haberles visto la cara no me habrían dejado vivir, no me la he vuelto a quitar. Creo que cuando salga, mis ojos habrán pasado tanto tiempo cerrados que no volveré a ver. Utilicé mi oído y el sentido común, casi sin usar debo admitirlo, ahora puedo identificar casi todos los objetos, por ejemplo, los envases vacíos de vidrio, como chillan desde la bolsa en la que cada noche uno de los tres hombres, el de menor rango y menor peso también, los recoge una vez que los otros están borrachos y van a dormir, eso es cerca, tal vez unos cinco metros. Más tarde identifico el rechinar de los resortes desgastados de los colchones en los que reposan, eso es más lejos y más arriba, en un segundo piso tal vez, siempre uno queda cerca, ve la televisión, ese es mi mayor reto, la televisión, su sonido es bajo y muy lejano, por más que aplico el oído no lo logro. También he identificado otras cosas, por ejemplo una vez identifiqué una pistola, uno de los tres cortó cartucho, temí que fuera el fin pero después de un silencio, colocó la pistola sobre la mesa, como a ocho metros. El sonido del silencio es el más aterrador, siempre precede algo, a veces una carcajada sonora de todo el grupo, a veces un grito de alguien que no pertenece a su banda, uno como yo, pero con menos suerte, estoy seguro que hay otros como yo en esta casa, pero no escucho más que sus débiles ronquidos a veces por la tarde, tal vez ellos no escuchen tan bien como yo y por eso no saben dormir por la noche y permanecer despiertos durante el día, solo uno ronca, nadie más duerme bien, nadie más hace sonidos, el silencio es la garantía de seguir con vida, aunque a veces pienso que pasar demasiado tiempo callado puede hacer que se les olvide que me tienen aquí. A veces me gustaría platicar con alguien, con uno de los otros, es probable que tengamos conocidos en común, o es probable que podamos ir a pescar, tal vez a el le guste la pesca tanto como a mi. Y de nuevo, en el profundo silencio de la noche, escucho una puerta abrirse, escucho los tacones de la chica y, entre la mierda, de nuevo el perfume, su perfume entre el olor a mierda, y su voz, los pasos apresurados de los dos que duermen y el otro que ya está con la chica, ¿su voz? Su voz que dice que ya pagaron, su voz que ahora ordena que me maten, es ella, siempre fue ella, entre la mierda.